Diez años de Gruta’77

Hace exactamente diez años, a estas horas, nos comíamos las uñas de puros nervios. Ese 7 de septiembre de 2000 nacía Gruta’77, la mejor sala de conciertos de Madrid y posiblemente una de las mejores de España. No sé si puedo o no hacerlo, pero me considero afortunado miembro fundador de Gruta. Por entonces, y durante unos años más, me encargué de la dirección de la revista, G’77, y fui durante unos cuantos años un asiduo visitante. He visto cientos de conciertos allí y estoy orgulloso de lo que Gruta’77 ha representado para el rock’n’roll y para la hostelería de Madrid.
¡Larga vida a Gruta’77!

[Este que sigue es un artículo mío publicado en el número 77 de la revista G’77. Cuento cómo el día anterior al primer concierto en la sala encontramos perdidos con su coche por el centro de Madrid a un grupo de chilenos, que resultaron ser la banda Proyecto Secreto, que el 7 de septiembre de 2010 se convirtió en el primer grupo en tocar en Gruta’77.]

B de belga
G de Gruta

La noche anterior a la apertura de Gruta’77 estuvimos varios de nosotros viendo cómo estaba el garito. Queríamos irnos a tomar algo con el Indio, claro, pero tuvimos que dejarle dentro, peleándose con los obreros, Salimos a la calle. En medio de lo que entonces era un puto polígono (y, coño, ahora es un barrio residencial) hicimos apuestas. “Sí, hombre, sí, mañana el local estará en marcha, sin problema, podremos ir al concierto, aunque la sala parecerá más una okupa que una sala”, digo alguien. Estaba prevista la actuación de un grupo de ska belga, Proyecto Secreto, formado mayoritariamente por chilenos.
Sólo recuerdo a unos pocos de los que íbamos, pero por supuesto estaba Pablo, el diseñador y fotógrafo de la incipiente G’77 y autor de su cabecera. Todos nosotros dejamos la obra para irnos al centro. Estábamos ansiosos por ver Gruta’77 en marcha, pero todavía nos quedaban 24 horas, así que nos fuimos a beber.
El trayecto Carabanchel-Madrid se alargó un poco. Entonces no existían los GPS, pero ese hubiera sido mi primer regalo para Pablo de haber existido. Nos perdimos y, no sé cómo, acabamos en Antón Martín. Se nos cruzaron un par de coches que venían de la calle Atocha. También estaban perdidos, más que nosotros, y se nos colocaron delante.
Joder, no sé cómo, pero me saltó la chispa. De refilón, había visto el careto de uno de los ocupantes, que iba de copiloto como yo. Al ponerse delante, me di cuenta de que el coche llevaba un B sobre fondo blanco… “Ostias, son belgas, ya te digo”. Y al menos uno de ellos tenía pinta de chileno.
“Los Proyecto Secreto, dije. Joder, que son los Proyecto Secreto”. Les pitamos, les gritamos hasta que conseguimos pararlos. Efectivamente, eran ellos. Al principio estaban acojonados, pero en seguida se dieron cuenta de que los habíamos reconocido.
No les habíamos visto antes, no sabíamos nada de ellos, aparte de que era una banda que vivía en Bélgica y de que varios de sus miembros eran chilenos. Esa noche, en una ciudad de millones de habitantes, encontramos a Proyecto Secreto y nos emborrachamos con ellos. Esa fue la primera noche que supe que yo era de Gruta’77.
La noche siguiente, bailamos y bebimos, mientras ellos hacían el primer bolo de Gruta. El local estaba perfecto, nuevito. Mas nuevo de lo que nunca después lo estaría. Para Proyecto Secreto, y para mí, ese fue un día que nunca podremos olvidar.
Años después dejé de ser director de esta revista, pero nunca he dejado de ser de Gruta.

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Acerca de Óscar Menéndez

Comunicador científico.
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